A la hora de hablar del suicidio los analistas nos encontramos con dificultades. El discurso del analista como discurso de la impotencia no podría hacer recaer esa impotencia sobre el sujeto en análisis y, al revés, los analistas tienden a culpabilizarse en exceso por el suicidio de algún paciente olvidando el respeto que se debe a ciertas decisiones.
La suposición de saber nos lleva demasiado a menudo a imaginar los secretos que alguien se lleva a la tumba como si esos secretos pudieran tener un sujeto que los habría sabido. Y lo que mas duele reconocer es la imposibilidad de saber, no solo porque el muerto ya no nos habla sino en sueños, sino porque tampoco él sabia lo que hacia?.
En un terreno demasiado conquistado y por lo mismo, tierra de nadie, cuando hablamos de suicidio abordamos un campo recortado y parcial por sus condiciones de interpretabilidad, y sólo podemos encarar lo que tiene de interpretable.