El autor considera el psicoanálisis desde un doble ángulo: como forma de literatura, es decir, como una serie de relatos puestos en escena por parte del paciente y del analista; y como una terapia, o sea, como cura del sufrimiento psíquico mediante los instrumentos de la narrabilidad y de la compartibilidad de todo aquello que antes encontraba su expresión sólo a través del malestar y los síntomas. El libro trata argumentos como los nexos entre narración e interpretación en el interior de la sesión analítica y la evolución que el concepto de "personaje" ha tenido en literatura y en los diversos modelos psicoanalíticos. Un tema central es el dedicado a los modos de entender la sexualidad, como camino para profundizar el funcionamiento de la mente. También el sueño se convierte en ocasión para explicitar un modelo de funcionamiento de la psiquis en relación con el Otro, así como la profundización del delirio y de la alucinación. Finalmente, se retoma un tema caro al autor: el psicoanálisis infantil. A partir de la conceptualización poskleiniana, ligada al pensamiento de Bion y de los Baranger, el autor elabora una concepción original de las transformaciones que tienen lugar en la sala de análisis, teniendo siempre bien presente el sentimiento de responsabilidad y asimetría necesario para llevar a buen fin la navegación común.