Un pueblo de siervos. Sin aptitud para reaccionar, sin sensibilidad, ya no sólo sin movimiento voluntario, sin siquiera movimiento reflejo. Como muertos. Ni siquiera se podría reducir la vida moral a la reacción fisiológica. Reaccionar es vivir. Un tejido orgánico debe reaccionar a toda excitación. Patológica desaparición de reacción: tal el escándalo, la particularidad de los sucesos argentinos. Economía de las reacciones, miserables especuladores. Sin voluntad, sin actividad primero, sin reactividad después. Sin siquiera mala conciencia. ¿Y la culpa, esa culpa colectiva, se extingue con el tiempo o cruza las generaciones? No se puede evadir la historia, y menos en un presente de persistente penuria, pero ¿es absurdo culpar a todo un pueblo, a muchos, a una multitud? ¿Qué culpa tiene el derecho de acusar y de juzgar? ¿Quién, si hubo una mayoría indiferente; políticos cómplices; una justicia también cómplice, que fue pasiva ante los secuestros y asesinatos, y después permisiva ante los indultos, la obediencia debida y el punto final? ¿En qué sentido esa masa, esa multitud es responsable? Aun, de no existir culpa moral, puede darse tal responsabilidad por el disimulo devenido como rasgo de la existencia, por la adaptación conformista, la credulidad, el autoengaño. ¿Culpa por la fiesta de todos, el mundial de fútbol de la Argentina tan equivalente a la Olimpiada de Berlín de 1936? Pero, ¿acaso pueda asimilarse la culpa de quien festejaba a metros de Esma, o la del vecino atemorizado, que prefiere descreer de sus sentidos y creer en la palabra oficial, a la culpa de los represores, esas camisas blancas que arrasaban? Existencias pasivas, sobrevivientes, consumiendo. La vida, al ritmo de la inflación, se devaluaba hasta la desaparición. Y como todo perdía valor, ¿qué valor el de la vida, el de los derechos, el de las personas? Un pueblo de siervos. Sin aptitud para reaccionar, sin sensibilidad, ya no sólo sin movimiento voluntario, sin siquiera movimiento reflejo. Como muertos. Ni siquiera se podría reducir la vida moral a la reacción fisiológica. Reaccionar es vivir. Un tejido orgánico debe reaccionar a toda excitación. Patológica desaparición de reacción: tal el escándalo, la particularidad de los sucesos argentinos. Economía de las reacciones, miserables especuladores. Sin voluntad, sin actividad primero, sin reactividad después. Sin siquiera mala conciencia. ¿Y la culpa, esa culpa colectiva, se extingue con el tiempo o cruza las generaciones? No se puede evadir la historia, y menos en un presente de persistente penuria, pero ¿es absurdo culpar a todo un pueblo, a muchos, a una multitud? ¿Qué culpa tiene el derecho de acusar y de juzgar? ¿Quién, si hubo una mayoría indiferente; políticos cómplices; una justicia también cómplice, que fue pasiva ante los secuestros y asesinatos, y después permisiva ante los indultos, la obediencia debida y el punto final? ¿En qué sentido esa masa, esa multitud es responsable? Aun, de no existir culpa moral, puede darse tal responsabilidad por el disimulo devenido como rasgo de la existencia, por la adaptación conformista, la credulidad, el autoengaño. ¿Culpa por la fiesta de todos, el mundial de fútbol de la Argentina tan equivalente a la Olimpiada de Berlín de 1936? Pero, ¿acaso pueda asimilarse la culpa de quien festejaba a metros de Esma, o la del vecino atemorizado, que prefiere descreer de sus sentidos y creer en la palabra oficial, a la culpa de los represores, esas camisas blancas que arrasaban? Existencias pasivas, sobrevivientes, consumiendo. La vida, al ritmo de la inflación, se deval
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