Es un día de sol. Los habitantes de la Isla discurren por ella, sobrellevando -al menos casi hasta ayer- un régimen de vida equívoco: ni ocioso ni relajado, ni feliz ni infeliz, ni real ni irreal: abandonado a la plenitud del día, perfectamente encajado en él. Pero todos estos predicados son irrelevantes. Como enseguida comprende el lector, son pobres de una lengua extraña, reino de la cortesía y el malentendido.