En el origen de Las letras del análisis hay una frase de Jacques Lacan que Isidoro Vegh considera esclarecedora para pensar el quehacer del analista: "El inconsciente está estructurado como un lenguaje, y es en medio de su decir que produce su propio escrito". Esta frase reenvía, a su vez, a la sentencia freudiana según la cual el sueño es una escritura jeroglífica. En ambas, se advierte que el descubrimiento del inconsciente y las vías para acceder a él se ligan a la noción de letra, y que esta relación merece una indagación cuidadosa.
Si, como dijo Lacan, entre el analista y el analizante sólo se intercambian letras, revisar este concepto ?los orígenes de la palabra escrita y sus vínculos con la lengua oral y con la representación de objetos y significados? es el punto de partida para examinar el eje de la experiencia analítica: esto es, qué lee el analista en el decir de su paciente, de qué modo en esa palabra se filtran lo real del goce que la excede y también lo imaginario de las representaciones. En este sentido, el autor no teme cuestionar el reduccionismo de quienes en los hechos no reconocen los variados y complejos pliegues que anidan en el discurso del paciente y que sin duda no se agotan en la homofonía y el juego de palabras. Más que escuchar significantes, el analista "lee" las letras que cifran el goce y el sufrimiento del sujeto de maneras siempre sinuosas, e interviene en función de esa lectura.
Pero Vegh también se ocupa de otras letras: las que constituyen los grafos, matemas y nudos que propone Lacan para formalizar la experiencia y el pensamiento psicoanalíticos.
Con un estilo coloquial que recupera el tono conversado del seminario que dio origen a este texto, la obra desarrolla y articula el trato de la ley y el goce en el cruce de la historia y la cultura, los vínculos entre letra y significante, entre letra y ley, y logra iluminar bajo esta óptica el modo en qué se despliega la tarea del psicoanalista.

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